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¿Es el amor un espacio político?

¿Es el amor un espacio político?
fotografia de la gran Sara Fasio

Un lugar suave entre tanta hostilidad.


Tal vez no parezca el tema más evidente para volver a hablar de política. Pero justamente por eso, porque el amor es ese punto donde todo se cruza, quiero empezar por acá. Además, es la razón por la cual el mundo no es un lugar terrible.

Hace un par de veranos atrás, pasadas las fiestas, me encontré una noche con el relato de un pariente cercano sobre su primer amor. Esos que te llevan a hacer locuras impensadas, que son un hecho antropológico porque marcan un antes y un después. Porque, seamos sinceres, nadie es igual después de que ama por primera vez.
Todo comenzó ahí, ese verano, esa primera anécdota. Primero no la entendí y después tampoco... Quizás por eso escribo, porque hay cosas que no se entienden pero igual nos marcan. Este pariente me contó de Bárbara, su primer amor: cómo se conocieron y cómo finalizó. Los padres de Bárbara no lo querían, ella se alejó, y él, muy triste, se dispuso a desposar a una mujer que conoció, nada más ni nada menos que quien fuera después la madre de sus hijos. Pero no era ella, claro que no. No era Bárbara. Un día antes de su casamiento, ella apareció y le pidió por favor que no se casara. "Mi tio", un hombre muy correcto, le dijo que no podía hacer eso, que había hecho un compromiso.

Así, sus vidas cambiaron por completo. Pero esa historia no es solo suya: también forma parte de un relato más grande, donde el amor se entrecruza con mandatos, clase, decisiones correctas o debidas, y renuncias silenciosas. Quizás por eso, esta historia hizo mella en mí, más de lo que pensé en ese momento. Y por eso hoy estoy escribiendo esto.

A los días encontré el reel de un hombre contando cómo había dejado ir al amor de su vida por cuestiones de diferencia de clases sociales y por —pues claro— comentarios de sus grupos de pares.
Luego fue mi madre quien me contó cómo fue que una joven criada en Córdoba capital, quien trabajaba diariamente en la Marcelo T. de Alvear, terminó en Chamical (casi) el último rincón del mundo. Fácil: el amor de su vida se casaba con otra mujer. Le siguió Mari, mi vecina de 53 años. Me confesó cómo dejó su amor en la gran ciudad de Buenos Aires a los 29. Esta confesión fue fuerte: me lo contó con lágrimas en los ojos, con el sentimiento casi intacto dentro de su cuerpo, como si Diego —de unos veintitantos— estuviese en vivo frente a ella. Un hombre que prefirió no ser: un cagón. Así, sin más.

Todos los meses me llegan historias de gente mayor que, desde sus vidas actuales, se sientan frente a mí y revuelven en los rincones de sus memorias más felices para revivir lo que era, lo que se sentía que un gran amor te ame. La mayoría se cuestiona cómo sería su vida actual con una sonrisa y lágrimas en los ojos. Quizás les sirva de consuelo pensar que hay una realidad paralela donde estos actores hicieron las cosas bien, o elles mismes tomaron mejores decisiones que los llevaron lejos del lugar donde se encuentran hoy. En ese momento pensé: “¿Y cómo saber, entonces, cuándo estás tomando tus mejores decisiones?”

Estas historias tienen dos factores en común. El primero: todas priman ese sentimiento fuerte de “jamás voy a amar a otra persona como a vos”, pero lo hacen. De hecho, luego se transforman en padres. El segundo: duran un corto período de tiempo, lo que me llevó a tener una teoría sobre esto. Se enamoran de la idea de lo que podría ser. Porque duraron tres meses, un verano o seis meses, fantasean de por vida con eso porque jamás conocieron realmente a la otra persona, y son solo proyecciones.

Intenso y corto. Por esa razón son tan populares: como un shot para arrancar un gran festejo. Y todes repiten. El amor, ese lugar que no lo es. Es un sentimiento extraño que se transforma en un sitio donde sentís una especie de paz. Y siempre, amigues míos, es paz. Jamás es otra cosa.


¿Qué tienen en común todas estas historias de amores imposibles, interrumpidos, reprimidos o idealizados? Que no fallaron porque sí. Lo que las atravesó no fue solo la emoción, sino el contexto. Las familias, la clase social, las expectativas de género, los compromisos asumidos como deberes. El amor, entonces, no es solo cosa de dos. Es una cuestión social, y por lo tanto, política.

Roland Barthes —nuestro querido— decía que el enamorado habla un lenguaje heredado, un discurso que lo antecede. No hablamos del amor desde cero: lo hacemos con frases que ya existen, que escuchamos en canciones, películas, cuentos o de quiénes nos marcaron una idea de amor logrando así dejar una huella perfotmativa. Y Michel Foucault, desde otra esquina, nos recuerda que los discursos no son inocentes: moldean, ordenan, excluyen, legitiman.
¿Quién puede amar a quién? ¿Qué tipo de amor se celebra? ¿Qué amor se calla? ¿Qué se sacrifica por amar como se espera? ¿Se ejerce un poder en todo esto?

Entonces, esta teoría nos ayuda a entender cómo el primer amor es performativo: nos enseña a hablar un lenguaje y a reconocer el poder que lo sostiene.

Estas historias que me llegan no son fallos individuales, son las huellas de un sistema que regula incluso nuestros afectos. Y, quizás, es ahí donde tenemos que volver a mirar la política: en los gestos más cotidianos, en lo que nos permitimos desear, en cómo habitamos el amor... ¿no?


No quiero aburrir con tanta academicidad (?), pero necesitamos de la teoría política para continuar esta conversación. En la próxima entrada conectaremos a Foucault con el amor. Les esperamos.
¿Quiénes? La nuera de la política y ChatGPT, que además de ayudarme a pensar el amor... ¿quién creen que corrige las comas mal colocadas?

AMEN, NO SEAN CAGONES.