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Un conjuro contra la apatía: Doña Leti

Un conjuro contra la apatía: Doña Leti
Fotografía de Sara Facio.

No hasta hace mucho tiempo por casa se vivenciaba una imagen poco habitual para la época. Lo que sucedía, la novedad, era Doña Leticia o Doña Leti entre nos, los mejores clientes. Pasaba en sulky con algunos canes de compañeros y otros que se animaban a salir a ladrar como haciéndoles saber, a los canes de Doña Leti, que se les propinaría una paliza por acompañar a su dueña o tener la indecencia de transitar por el barrio. Ella, era una mujer grande que vivía en la gran manzana: Los Bordos y se arrimaba hacia mi pueblo para vender quesos de cabra, quesillos y otros alimentos regionales de elaboración propia. Se veía obligada a todo esto por la situación de precariedad en la que vivía, azotada por la crisis y quizás, ni siquiera contaría con una jubilación porque Doña Leti quizás jamás le aportó al Estado, ella es de ese grupo conformado por “los nadies” como dijo Galeano. Ese conjunto de los cuales dentro de nuestra sociedad moderna, y producto del fructífero gobierno actual, se encuentra con el otro conjunto de personas que piensa que estos, los nadies, no provistos de ninguna política pública que los ayude a mitigar las claras y desventajosa vida que transitan con una edad que pesa no son dignos de recibir. Me pregunto ¿Qué harán estos pequeños pichones de unos diecisiete años en adelante cuando lleguen a la edad de doña Leti y se den cuenta que han arremetido con sus propios derechos, que no les queda más que seguir estando activos en el mercado laboral pese al dolor en articulaciones siempre acoplándose con alguna otra patología?

No es poca cosa la cuestión de deslegitimar las claras necesidades de políticas públicas, pero señalarlos y decir que no son dignos, por lo tanto, deben morir siendo esclavos de conseguir plata para comer ¿y la empatía? ¿No tenes miedo que alguna persona que queres envejezca y viva en paupérrimas condiciones?

Todo esto tiene una razón: no es aeshtetic. No es estético que tu abuelo sea un señor vendiendo productos regionales para solventar su vida, no es estético pelear porque tu abuelo reciba una jubilación justa, no es estético que tu mama que estuvo en tu casa lavándote la ropa y procurando que cada noche cuando llegaras tengas algo para comer, no haya aportado y tenga que recibir una jubilación indigna de “ama de casa”, no es estético discutir y pelear con los demás por la grasada que es cuidar los derechos. Parece que aquello, lo estético, nos ha engolosinado en una tómbola de colores neutros y uniformes, grotesco de lo aburrido que es no poder poseer un juicio crítico que sobre salga de los bordes de aquel concepto que te caracteriza en si sos digno de ser presentado en una pantalla o descartado porque sos muy rudimentario, muy feo o pobre.

Eso que se resume en el café con nombre en inglés, las costumbres alienadas al pensamiento productivista de que debes conseguir lo último, lo mejor; que debes tener esa cara que no tiene etnia, porque con la globalización buscaron converger la belleza de cada mujer y vendértelo para que te retoques y seamos todes iguales, peor de lo que quizás ya lo somos. En los desayunos pulposos que nuestros pobres organismos argentinos no están acostumbrados, esos hábitos de levantarte muy temprano y acostarte temprano cuando jamás fue una costumbre nacional, evitar la siesta para ser más producto, las ideas de amor romántico infundadas por las comedias románticas distribuidas gracias a Hollywood, el poliamor y sus vínculos con más de dos personas en convivencia, el consumo de especias rarísimas con nombres impronunciables que se vuelan en las dietéticas, las nuevas costumbres de comer comidas extranjeras (válgame la redundancia) que olvidan y destiñen a las propias, a las nuestras, a las autóctonas. Todo ese resumen para no decir que quizás… tal vez… vivimos una actual y renovada “colonización” por parte del capitalismo ¿será ésto entonces lo que nos tiene tan apáticos?


BEEF OR NOT BEEF​:

Suena quizás incongruente que yo opine de las formas en las que nos socaba el consumismo desde una computadora, enviado a través de una red de internet, seguramente publicado en alguna red social, donde seguramente, seguramente, seguramente. Pero, es una realidad estamos apáticos porque tenemos deudas que pagar, vacíos que rellenar con compras, estamos entusiasmados porque llegue la fecha de cobro y nos olvidamos de lo que pasa a nuestro alrededor.

Necesitamos comprar ese chirimbolo que nos facilita la vida, necesitamos de aquello para ser y pertenecer, en la crudeza de todo esto nos hemos olvidado que las políticas económicas de nuestro país no nos transforman un carajo, entonces han fracasado pero siguen legitimando a un gobierno que el principal mandatario jamás podría crear políticas económicas que generen movilidad social para personas como Doña Leti, porque Javo esta ocupadísimo haciendo sociales con Elon Musk.

En una realidad Mileiniana de tomar Starbucks, entre la excitación de que suene un himno yankie al frente de donde murieron cientos de soldados por nuestra patria, de casinos virtuales elegi el café de ese lugar viejo de la ciudad, cantar con emoción nuestro himno, los alimentos regionales del vendedor ambulante y la timba de la esquina.

Bueno, quizás esta última no...